jueves, 15 de noviembre de 2012

La Paciencia de la Lluvia (Parte II)

Era un hombre como yo. En una mano un cigarrillo, aún sin encender, la otra mano dentro del bolsillo acariciando el mango del puñal, tratando de no precipitarse, porque sólo quiere intimidar, que le suelten el dinero sin problemas. Pero nunca sabemos que se puede desencadenar, el miedo nos muestra tantas formas de la oscuridad interior, que es imposible predecirnos: sabía que se puede morir por unos pocos pesos o por un celular barato.

Creo, a veces, que quiero creer, que es posible abandonar este estado de escepticismo que se entreteje con la decepción.
Sueño, ya no muchas veces, que puedo volar por encima de los cables encarnados en el paisaje, nervios que sobresalen de la piel rugosa y sucia de las ciudades. Sueño que los edificios estan hechos de gente, que la calidez no desaparece con la luz del día y que las calles no son anónimas.
Pero me pierdo en mis propios rumbos, como siempre, engañado por mi propia historia, en las señales mal interpretadas y las experiencias ambigüas de esta época que se desolidifica para tornarse en pegajosa toxicidad.
La mayoría de las veces me llevo un golpe de realidad, que no sorprende en absoluto.