miércoles, 7 de noviembre de 2012

La paciencia de la lluvia (Parte I)

Lo supe la última vez que hicimos el amor. Todo terminaría en tragedia, pero no logré anticipar las dimensiones. Esa noche, sentí que éramos migajas de todo lo que nos habíamos prodigado hasta no hace mucho tiempo, sentí las consecuencias de la precipitación de las caricias y los besos, de la falta de madurez de las razones que necesitábamos para haber llegado a nuestro cansancio natural. No entiendo cómo las consecuencias finales se atraviesan antes de que los momentos felices lleguen a ser, por lo menos, un retoño con forma, un ser que pueda entender y afrontar las pérdidas de otra manera.

Hay historias que se van anticipando, que nos van convenciendo de estrategias ocultas. Por eso, cuando lo vi dormido a mi lado, sabía el resultado, los detalles del dolor que sufriríamos, pero no tenía ni un atisbo de las circunstancias que lo desencadenarían.

La lluvia no cesa, desde hace días siento un frío inusual. Trato de reconstruir los hechos, de desenredar el cuento y organizar las ideas, porque necesito entender, porque mi hija merece una oportunidad de vivir una vida distinta.

¿Por qué tuvo que volver? ¿Por qué tuvo que traer su legado y plantarlo en esta casa? ¿Por qué hizo lo que hizo?

No sé qué tipo de solución pretendía llevar a cabo, no sé si fue falta de valentía o un simple reflejo de la podredumbre que nos rodea lo que guió su mano. Fue un instante alienado de la madrugada, me regaló ese beso profundo, ese suspiro húmedo, me miró fijamente. En silencio se alejó como si se fuera a despedir de nuevo. Levantó su mano en un gesto vago. No me percaté del revólver hasta que escuché el disparo y vi su cabeza abierta caer frente a mi, su cuerpo largo y epiléptico...

No quiero recordar nada más.