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jueves, 6 de diciembre de 2012

La Paciencia de la Lluvia (Parte V)

Llueve, una vez más. Me incomoda la ropa húmeda y las gotas bajando por la cara. Tampoco me gusta el frío que queda debajo de la piel, es una sensación reptilia, como si la tierra me reclamara. Pero, si fuera un reptil, podría pasar inadvertido, moviéndome por espacios antes inaccesibles. Clandestinidad, esa es la palabra correcta, por lo menos, la más precisa para definir este ahogo que siento cuando el discurso brota furioso y la voz no alcanza, se hace chiquita frente a las voluminosas incoherencias de la masa, esa uniformidad que absorbe, instantáneamente, lo que sea contrario a su dictado.

Tampoco alcanza la vanidad, me desdibujo. Me dejo llevar por las negaciones y el falso bienestar de la mediocridad. Inundado en desahucios, sonrío y vuelvo al trabajo, a martillar las palabras y a estirar las formas, esperando encontrar la valentía cuando ya no es necesaria, cuando sólo soy un héroe onanista, una caricatura de las grandes aspiraciones.

Nada, todo, siempre, nunca, absolutos ilusorios que no sirven para describir los matices que desgarran el pensamiento; esta complejidad abundante que atraviesas sin tocar causas ni consecuencias, complejidad que me abruma y me recrimina la cobardía, me llama a la lucha y enseña sus dientes, me muestra tu rostro y te vuelve prófuga de las definiciones, porque también sos clandestina en mis elucubraciones presuntuosas. No se cuándo aparecerás, ni cuánto tiempo te quedarás husmeando en mis frustraciones, convencida de poder cultivar oro en la arena, insistiendo, creyendo más alla de mis veredictos.

Y está el viento sur que me invita a salir de los claustros y los soliloquios para enfrentar las indiferencias y la normalidad cancerígena. Escucho canciones que provienen de afuera de esta totalidad embrutecedora, suenan a desafío de clamor subterráneo. Las escucho en medio del tráfico, armonía de las miserias y las injusticias. Las canciones no paran, se van sumando voces e instrumentos: tiples, bandolas, charangos y quenas, en cadencias marciales que han estado oprimidas, enterradas en las montañas usurpadas, encadenadas a costumbres revendidas como dogmas a los ignorantes parlanchines. Un mercado grande y próspero que ya huele a podrido, mientras la orquesta estalla, sin dejarnos sordos, abriendo los portones oxidados de este destino impuesto.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Long Distance Runaround

Los libros dicen una cosa, la vida enseña otras. Al principio no entendía nada de lo que hacía; me la paso toda la mañana descubriendo en el diccionario del abuelo, el más ortodoxo de la Real Academia Española, la etimología de las palabras que había sacado aparte en un cuaderno. Terminada la segunda hoja me parecieron demasiadas, por lo que recriminé a mi memoria, mi ignorancia y la falta de concentración. Reinicié la lectura con un café y un cigarrillo arrugado que encontré en el maletín de la universidad. “Los hombres abandonaron su estado natural en el momento de empezar a limitar el mundo a su estrecha mente; se nominalizó, se simbolizó, se significó, ¡que viva la evolución!; nos desplazamos, nos multiplicamos, arrasamos, nos dominamos, no nos dejamos, ¡viva la revolución!, nos enriquecemos, nos matamos…” Cosas muy peculiares suceden en este mundo.

De los bosques tropicales, madera de la fina. Gente sacrificándose cortando la madera, transportándola, transformándola. Toda la teoría económica clásica en una mesita común y corriente, en una cafetería cerca de un museo cualquiera. Sentado él, bien sentado en su asiento de tradición polimérica industrial de occidente. Intelectual él, con sus movimientos ambiguos al endulzar el café, el obligado cruce de pierna; ensimismamiento mesiánico intentando reducir sus contradicciones de la manera menos dialéctica posible, porque Hegel la estaba cagando, porque el mundo es complicado ya, y a punto de ideas peor. Esto no es precisamente la casa del Demiurgo. ¡Un poquito de respeto por favor!

Si en lugar de haber caído una manzana hubiera sido un aguacate, ¿sería la gravedad algo diferente de un guacamole? No hay manera de saberlo sin evidencia. El vapor caliente del café entra por el espacio intertextual de las ideas, descomponiendo la materialidad de ciertas pulsiones vitales: sudar, temblar. Esta aterrorizado y asqueado de estar sentado ahí, en una mesa inofensiva, tomando café descafeinado; un nombre y un lugar, con medio centenar de personas atestando el ambiente con divagaciones insípidas, con olor a sentido común. No está enfermo para sentirse tan mal. Los médicos saben de medicina, los chamanes adivinan y etiquetan: depresivo, paranoico, neurótico, histérico, pesimista recalcitrante. Manías perversas para sacar plata del incauto. La pirotecnia de estos tiempos deslumbra las muchedumbres ávidas de experiencia, de goce fácil, de adrenalina embrutecedora. Caminando hacia el futuro se encuentra uno con que está muy lejos y los caramelos son demasiado sospechosos. Sin embargo los entusiastas los devoran, con la consecuente indigestión necesaria para dejar el rastro hediondo a los que vienen atrás. Es obvio, la mierda es metafísica y viceversa.

Trata de atrapar las pasiones con una pequeña línea y un anzuelo y como carnada una palabra. Se queda esperando al borde de un suspiro para pescar una y tener la necesidad de escribir sobre su forma, su historia, su muerte en las aguas de la memoria. No hay manera más hermosa de purificar las caricias y los besos, que no sean de nadie, retornarlos a la nada. Eternizar.

If you should go skating on the thin ice of the modern life”… “Don’t be surprised when a crack in the ice appears under you feet”. Alguien dijo lo que “yo” pensé. En alguna parte alguien sintió lo que siento “yo”. Solidaridad con el sufrimiento pangéico. Cada minuto vivido, cada palabra expulsada con aliento rebelde, el karma renovado de lo que no se puede cambiar se enreda y se oculta entre las imágenes del televisor, en las notas de la canción que está sonando, en los constructos científicamente concebidos para mostrarme la verdad. “¿Do you want my blood, do you want my tears? ¿What do you want?”… “Play these strings until my fingers are raw”. Intentos de fuga vanidosamente ridículos, estruendosamente inútiles. Representar a petición del público las mismas sentencias y las mismas necedades.

La ciudad está tranquila, ventea agradablemente, los carros fluyen con facilidad, unos venden y otros compran, las caras se chocan y las miradas se esquivan, los atrevidos preguntan y los descarados contestan. Sobre la mesa unas hojas amarillas de un cuaderno, en las hojas simples fisgoneos sobre “la dura realidad”. Mientras tanto no hay nada que decir.

martes, 16 de octubre de 2012

Careful with that axe, Eugene.

Y va haciendo largos rodeos, tratando de acertar con premoniciones inútiles porque sabe que canción sigue, las ha escuchado mil veces y le siguen encantando como la primera vez. Y qué decir, se siguen perdiendo buenas canciones, novelas huidas de las historias cuadradas, se sigue ignorando que el oxígeno es explosivo, que las mitocondrias te matan de a poco y aún así seguimos respirando, dando un segundo más a la locura. Y la canción era perfecta… Set the controls for the heart of the sun

El sol secamente amarillo de la tarde en Pompeya, la arena, el calor, David tirado en el suelo haciéndole el amor a la guitarra, la percusión diabólica y él con envidia de Martín porque estuvo allí. Al menos eso le hizo creer contándole cada detalle, cada resonar de la música en la ruinas, en las cajas gigantescas de los instrumentos donde orgullosamente decía London; hasta los franceses los querían, a los malditos genios, estos ingleses que cambiaban el libreto cada vez que les daba la gana, como para haberlos juntado con Ionesco y montar el bodrio más grande del mundo. Por lo menos a él le divierten.
Eugene está escribiendo cosas raras, sentado en la cafetería, con el walkman a todo volumen. Mira de vez en cuando, de un lado hacia otro y con un espejo retrovisor se da cuenta de lo que esta atrás. Los sucesos se repiten, caen de nuevo los muertos en las batallas, se dicen los eternos discursos, llegan renovadas las pasiones románticas de los héroes, hasta que no queda otra cosa que su propia imagen reflejada, porque ya no existe otro momento en la historia aparte de su propia conciencia. El tiempo se arremolina en un solo instante, en un presente infinito y abrumador… ¿y como es que se llama la canción? Several species of small furry animals gathered together in a cave and grooving with a pict, todos juntitos tomando café, esperando el desmembramiento, dejándole todo al tiempo. Ya lo había dicho, Eugene está escribiendo cosas raras, hilando fino, perdiendo el tiempo y la cabeza, nunca le gustó del todo que hubieran sacado a Roger y cada vez que escucha A saucerful of secrets se le revuelve el estomago, como cuando se le fue la tortuguita por el sanitario. Eugene está entendiendo que hay cosas que pasan, simplemente, sin consultarle a él, sin una razón. Eugene está mirando una mujer y cantando lo primero que se le venga a la cabeza para distraerse, tratando de encontrar un pequeño espacio entre las ideas, entre las imágenes del desquiciamiento.
Un gran rodeo mientras llega otro día, otra excusa… ¿Acaso hubo una antes?