Mostrando las entradas con la etiqueta modernidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta modernidad. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de octubre de 2012

Esquema de Autodestrucción.

Sepultar sin lágrimas lo que se anticipó a morir, las cosas que se agotaron en posibilidades, los sentimientos que se esfumaron en la duración de un pensamiento vago e inútil.

Vender el alma por el conocimiento del mundo; desde una torre de piedra vigilar la vida, sentenciar lo profano y lo sagrado. Razones sobran para convencer de habitar el dulce infierno.

No esperar nada de nadie. Aceptar halagos para precipitar la esclavitud. Preferir la soledad, que nunca abandone el cuarto oscuro. Tener la esperanza de la autenticidad banal, de sacrificio por ideales vacíos, que más da si todo era igual y será lo mismo. Esperar el acto adecuado, agazapado.

No arrepentirse, ignorar la memoria. Utilizar las falacias de la voluntad para caer bajo, sin pedir perdón. 

Repetir, repetir. No saciar el hambre.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Long Distance Runaround

Los libros dicen una cosa, la vida enseña otras. Al principio no entendía nada de lo que hacía; me la paso toda la mañana descubriendo en el diccionario del abuelo, el más ortodoxo de la Real Academia Española, la etimología de las palabras que había sacado aparte en un cuaderno. Terminada la segunda hoja me parecieron demasiadas, por lo que recriminé a mi memoria, mi ignorancia y la falta de concentración. Reinicié la lectura con un café y un cigarrillo arrugado que encontré en el maletín de la universidad. “Los hombres abandonaron su estado natural en el momento de empezar a limitar el mundo a su estrecha mente; se nominalizó, se simbolizó, se significó, ¡que viva la evolución!; nos desplazamos, nos multiplicamos, arrasamos, nos dominamos, no nos dejamos, ¡viva la revolución!, nos enriquecemos, nos matamos…” Cosas muy peculiares suceden en este mundo.

De los bosques tropicales, madera de la fina. Gente sacrificándose cortando la madera, transportándola, transformándola. Toda la teoría económica clásica en una mesita común y corriente, en una cafetería cerca de un museo cualquiera. Sentado él, bien sentado en su asiento de tradición polimérica industrial de occidente. Intelectual él, con sus movimientos ambiguos al endulzar el café, el obligado cruce de pierna; ensimismamiento mesiánico intentando reducir sus contradicciones de la manera menos dialéctica posible, porque Hegel la estaba cagando, porque el mundo es complicado ya, y a punto de ideas peor. Esto no es precisamente la casa del Demiurgo. ¡Un poquito de respeto por favor!

Si en lugar de haber caído una manzana hubiera sido un aguacate, ¿sería la gravedad algo diferente de un guacamole? No hay manera de saberlo sin evidencia. El vapor caliente del café entra por el espacio intertextual de las ideas, descomponiendo la materialidad de ciertas pulsiones vitales: sudar, temblar. Esta aterrorizado y asqueado de estar sentado ahí, en una mesa inofensiva, tomando café descafeinado; un nombre y un lugar, con medio centenar de personas atestando el ambiente con divagaciones insípidas, con olor a sentido común. No está enfermo para sentirse tan mal. Los médicos saben de medicina, los chamanes adivinan y etiquetan: depresivo, paranoico, neurótico, histérico, pesimista recalcitrante. Manías perversas para sacar plata del incauto. La pirotecnia de estos tiempos deslumbra las muchedumbres ávidas de experiencia, de goce fácil, de adrenalina embrutecedora. Caminando hacia el futuro se encuentra uno con que está muy lejos y los caramelos son demasiado sospechosos. Sin embargo los entusiastas los devoran, con la consecuente indigestión necesaria para dejar el rastro hediondo a los que vienen atrás. Es obvio, la mierda es metafísica y viceversa.

Trata de atrapar las pasiones con una pequeña línea y un anzuelo y como carnada una palabra. Se queda esperando al borde de un suspiro para pescar una y tener la necesidad de escribir sobre su forma, su historia, su muerte en las aguas de la memoria. No hay manera más hermosa de purificar las caricias y los besos, que no sean de nadie, retornarlos a la nada. Eternizar.

“If you should go skating on the thin ice of the modern life”… “Don’t be surprised when a crack in the ice appears under you feet”. Alguien dijo lo que “yo” pensé. En alguna parte alguien sintió lo que siento “yo”. Solidaridad con el sufrimiento pangéico. Cada minuto vivido, cada palabra expulsada con aliento rebelde, el karma renovado de lo que no se puede cambiar se enreda y se oculta entre las imágenes del televisor, en las notas de la canción que está sonando, en los constructos científicamente concebidos para mostrarme la verdad. “¿Do you want my blood, do you want my tears? ¿What do you want?”… “Play these strings until my fingers are raw”. Intentos de fuga vanidosamente ridículos, estruendosamente inútiles. Representar a petición del público las mismas sentencias y las mismas necedades.

La ciudad está tranquila, ventea agradablemente, los carros fluyen con facilidad, unos venden y otros compran, las caras se chocan y las miradas se esquivan, los atrevidos preguntan y los descarados contestan. Sobre la mesa unas hojas amarillas de un cuaderno, en las hojas simples fisgoneos sobre “la dura realidad”. Mientras tanto no hay nada que decir.

martes, 16 de octubre de 2012

No hay tiempo.

No hay tiempo.

Cada cosa en su momento y lugar. Ayer me regalaste una mentira y hoy me das un beso enredado en mi complicidad. No hay tiempo, va a llover que da miedo y no hay que darle chance a un resfriado. Llévate un abrigo y un paraguas. El tiempo no da vuelta atrás. Por esta época no es que llueva mucho, pero el cielo también se quiere despedir, cantarte las canciones del adiós, delatar la amargura que tengo en el corazón. Toma unos trozos de pan, que no te de hambre en el largo camino que empiezas a recorrer. Recuérdanos con orgullo, sin la tristeza, sin el cansancio de estos años por sobrevivir. No hay tiempo, vete ya.
Como si cada salida del barrio, atravesando los charcos centenarios, estuviera condenada a ser un viaje sin regreso, una odisea postmoderna hacia una ciudad fracturada en dos, cercenada por una calle larga y polvorienta, pero que a pesar de todo podemos obstinarnos a verla tan poética y bella como el sueño atravesado por un río o la mismísima sucursal del cielo. Pero como ya lo sabemos, no hay tiempo; cada cual por su lado y con su pequeñísimo mundo limitado a unas cuantas calles, los rostros familiares, la rumba eterna que carcome los espacios y los sentidos de una ciudad que se opone a ser devastada por el estereotipo. No hay tiempo para ver que apenas sale el sol los farallones se despiertan y levantan la mirada vigilante sobre el valle majestuoso, no hay tiempo para sentir el calor de la mañana que acaricia la piel y la reconforta.
Para qué escribir sobre esta ciudad?
Para curarse, para huir, para conocerse?
Para hechizar, para interpretar, para leer?
Para ser leído, para encriptar, para despistar?
Para qué respiro, para qué me gasto los ojos frente al computador e intento sacar algo a la fuerza, contra la voluntad del universo. Pura terquedad y valentía innecesaria. Para qué me miro en unas letras que mutan tan rápido de sentido, que se confunden con una semiología incomprensible, inaceptable. Estoy tratando de encontrar un cáliz sagrado entre los trastos de la cocina, una epopeya en un chiste mal contado, un suspiro del viento pasando por los espaciecitos de la ventana cerrada que suena como fantasmas que me aterraban cuando era niño y tenía la pierna enyesada. Estoy intentando recordar un cuadro, una foto congelada de los sueños surreales guardada en los archivos de lo inconmensurable. Y esta ciudad se me pierde entre los libros y las películas, esta ciudad se me confunde con todas las ciudades del mundo, con las que han existido y existirán, con las esperanzas y los sueños de sus habitantes, con sus pesadillas y frustraciones también, porque esta ciudad está hecha de seres humanos.
Y me pregunto quién soy yo. Una maraña de sin sentidos, un mundo agonizante que se resiste a dejar de existir y se reproduce como un virus en la cabeza de los demás. Pero qué importa, lo que pasa es que esta ciudad está tan fría como para notar que uno empieza a desvariar cuando llega la media noche… Sharp, distance. How can the wind with this arms all around me,I feel lost in the city… esa canción ya me la sé, la percusión en aparente contra tiempo, tan pedante, tan insumisa que dan ganas de parar la neurosis y seguir durmiendo. Como si se pudiera…
Pero no hay tiempo, hay que seguir buscando las imágenes ocultas entre el cemento, hay que seguir contando la odisea de una ciudad que solo se encuentra y se edifica con cada palabra escrita… La utopía de una ciudad que da tregua para soñar.